Entreacto


entreacto

R despertó a las cinco, como de costumbre. A tientas, tomó la máscara de felicidad cotidiana que descansaba en la mesita de noche. Se la colocó en un suspiro y con sigilo bajó hasta la cocina. El olor del café comenzaba a llenar la habitación cuando apareció M bañado, perfumado, vestido con la ropa escogida por R la noche anterior. Se acercó, le dio el acostumbrado beso de buenos días al aire y se sentó a la mesa. Sucedió cuando servían el líquido en las tazas. El humo empezó a derretir la máscara de R, quien sin tiempo para reaccionar notó con espanto como la dicha matutina trocaba en lamento. Retiró la jarra con premura, pero en un descuido se vio presa de la ira que solía esconder tras la azucarera. Se la arrancó de un tajo, llevándose con ella trocitos de piel y se untó en las heridas, con disimulo, las noticias del día. M por su parte, no se permitió interrupciones en su contrapunteo rutinario, ahora leyendo la prensa, ahora tomando a breves sorbos el café.

El sonido del tren de las siete dio el aviso. Se levantaron a un tiempo, recogiendo entre los dos la vajilla. Se dieron otro beso prófugo y bajaron el telón, avizorando ya el último acto.

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Conjunciones…

Eclipse solar
No me mires,
te lo advierto:
En mi lunario
sólo hay eclipses.
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Buen augurio

                                                                                 

Aquella mañana, al despertar,                                    calandria o ave primavera

descubrió que en su corazón de invierno

había anidado una calandria.

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Imagen: Calandria o Ave Primavera en Reserva SanMartín (Córdoba, Argentina)
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La Ahijada

Relato finalista en el III Certamen de Poesía y Relato  “SCREAM Cielo Abierto” (OIT, España, 2009) que busca crear conciencia acerca del trabajo infantil.

Carlos tiene examen de Historia la próxima semana. Ha pasado la tarde intentando poner en orden los temas obligatorios. A ratos deja a un lado la libreta y toma de la cama la revista de sudokus. Le encantan las matemáticas. Presume de no ser como Helena, la menor, quien no logra recordar ni la tabla de sumar y eso que ya está en Cuarto de Básica. A él, en cambio, los números que se le niegan son esos que resumen fechas y eventos que se confunden en su mente mezclando lugares y próceres, presidentes y batallas.

Deja de escribir por un instante e intenta imaginar posibles preguntas -¿Qué es la esclavitud?-  responde en voz alta:

-La esclavitud es algo que pasaba en la antigüedad, en la época colonial, a los negros que los conquistadores españoles hicieron traer a América desde África, porque los indígenas eran muy débiles. Tiene que ver con la violación de los derechos humanos, con el trabajo forzado. Eso se acabó en Venezuela con Simón Bolívar.

Waika mira a Carlos con atención. Esos momentos son los que más disfruta en la semana. Cuando la sienta frente a él para que lo escuche hacer una síntesis personal de los libros que estudia en la escuela, o decir de memoria algunos párrafos. Para que asienta con la cabeza y le dé la confianza que le falta, no porque crea que ella pueda entender lo que dice, sino porque es la única que parece escucharlo con interés en esa casa y para Carlos, ese interés es el mejor antídoto contra la angustia.

A veces, mientras hace las tareas diarias de limpieza en las habitaciones de los niños, Waika ha hojeado ese libro y otros que Carlos y Helena suelen dejar tirados en el piso. A ella le gustan los que tienen ilustraciones, porque todavía le cuesta eso de la lectura. Hay tanto que hacer en casa y la madrina está siempre tan ocupada, que no ha sido posible cumplir la promesa hecha a las monjas de inscribirla en la escuela. Es verdad que algunos días, antes de acostarse, se sienta con ella y la hace repetir sílabas en un libro pequeño y estrujado que guarda en la gaveta de su mesa de noche. A Waika no le gusta ese libro. No tiene dibujos a colores y la mayoría de las letras han perdido ya su forma original entre los pliegues desgastados. Sin embargo, se esmera en complacer a la mujer que le da abrigo, ropa y comida, que le permite llevar regalos y provisiones a su familia en navidad, quien incluso accedió a ser su madrina de bautizo.

El señor es otra cosa. Durante los primeros tiempos parecía ignorarla, pero eso ha cambiado desde que cumplió doce, hace un año. Ahora se muestra cada vez más cariñoso. Sobre todo cuando es él quien llega primero del trabajo y los hijos están ocupados en sus habitaciones o en el estudio, absortos ante la computadora o el televisor. Entonces suele pedirle un café o un wiskicito, la sienta en sus piernas y le levanta el cabello soplándole la nuca con suavidad; o le sube el vestido con las manos, palpando sus muslos con menos timidez en cada avance, mientras susurra palabras que ella no alcanza a comprender. Esas manifestaciones de cariño primero la sorprendieron, luego la halagaron y hace poco tiempo han empezado a asustarla. Pero ella es sólo una india, como dicen los amigos de Carlos. ¡Qué sabe ella de la forma en la que se expresa el cariño en una familia de la ciudad! Combate su nerviosismo buscando excusas para terminar algún quehacer retrasado o para salir a recoger las hojas del patio cuando él la llama.

Waika no haría nada para hacer sentir incómodo al señor de la casa, o para molestar a la señora. Por el contrario, comprende que debe ser agradecida e intenta pagar con creces a sus protectores. Se levanta antes de las seis de la mañana y no se acuesta hasta bien entrada la noche. La madrina lo nota y la elogia delante de las visitas.

Es cierto. Ha avanzado mucho. Cuando llegó a la casa tenía ocho años y varias quemaduras en los dedos le enseñaron a graduar adecuadamente la salida de gas en las hornillas. Apenas lograba cocinar y pasar una escoba en todo el día. Ahora se multiplica y sorprende por la cantidad de cosas que resuelve a diario. Prepara el desayuno, limpia la casa, lava la ropa, arregla el jardín, prepara el almuerzo para los niños, la cena de los adultos. A veces cuida al hijo de Rosario, la hermana menor de la señora. Ya sabe planchar y cuando aprenda a leer bien, la dejarán ir sola al supermercado. Duerme en el lavandero porque aún están terminando su cuarto, que estará junto a la cocina. Salvo por la humedad que a veces la hace estornudar, no se queja. Tiene un televisor pequeño, sólo para ella, come lo mismo que la familia, aunque no compartan la mesa; no juega con los niños, pero tampoco tiene tiempo para eso. Las amigas de la señora suelen donarle linda ropa y en su cumpleaños no falta algún vestido nuevo.

-No fue hasta mil ochocientos cincuenta y cuatro que se dictó una ley para abolir la esclavitud, por eso es que en realidad no fue Simón Bolívar. Porque claro, él tenía haciendas y liberó a sus esclavos, pero los demás no lo hicieron-reflexiona Carlos- Entonces en mil ochocientos cincuenta, más o menos, un presidente sí abolió la esclavitud y nunca más en Venezuela ha habido esclavos.

Waika ya no escucha. Piensa que esa silla está muy cómoda, pero se hace tarde y todavía no ha puesto la ropa en la lavadora. Luego debe terminar la cena y aún le faltará sacar la basura. Además, sospecha que hoy  el señor llegará temprano y por esta vez prefiere no estar cerca.

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Rey Dragón

La culpa fue de Marita. Ella era quién tenía al dragón a su cargo esa mañana. Claro que en realidad era mi dragón, razón por la cual no dejo de sentirme aún un poco responsable. Pero mi hermana no debió descuidarse. Ya se sabe que no puede uno fiarse de los dragones. Son seres muy primitivos. Si los mantienes bajo vigilancia resultan de lo más cariñosos. Te siguen a todas partes, olisqueándote, salpicando tu pelo de humo, chamuscando tus zapatos nuevos -hay que hacer ciertas concesiones si decides tener de mascota a un dragón- sobre todo hay que estar alerta, porque si lo dejas vagar por ahí, sin atención, las consecuencias pueden ser impredecibles.

Marita apareció en la escuela a la hora de recreo. No paraba de llorar. Entre palabras entrecortadas logramos entender que había dejado de escuchar los pasos poco antes de las once. Miré la hora recién estrenada en mi muñeca: las doce y treinta. Intenté que mi voz sonara tranquilizadora -estará durmiendo la siesta- ¿En cuántos lugares podría un dragón roncar a gusto, por más invisible que éste fuera?

Reconozco que mi primer impulso fue ir corriendo a contarle a Pedro. Casi de inmediato reaccioné y me contuve. Confesar al hermano mayor las excursiones al río, la complicidad de los amigos y de la hermana pequeña, aquello sólo habría implicado tensiones y retrasos innecesarios. Además, él de seguro le iría con el cuento a mamá y esa revelación a ninguno beneficiaría. Debíamos resolver nosotros mismos el problema. Los muchachos nos repartimos en cuadrillas. A Marita la enviamos a casa con la encomienda de avisarnos sobre cualquier novedad-los dragones prefieren los sitios oscuros y resguardados, dije citando la primera regla del Código del Guerrero, y nos pusimos en marcha.

El resto del día lo pasamos recorriendo el pueblo de extremo a extremo. Al atardecer, decepcionados y hambrientos, nos reunimos junto al río. No fui yo quien lo propuso, pero todos aceptamos, no sin recelo, cruzar la fosa. Nunca antes nos habíamos atrevido a penetrar en la ciudadela. A pocos metros se levantaba el campamento, más allá se adivinaban las torres y la galería de túneles que conducía al calabozo. Recordamos las historias de Pedro acerca de la serpiente que lo habitaba y por algunos segundos vacilamos. Nos repusimos con rapidez y avanzamos con firmeza hacia el borde norte del castillo. Fue ahí donde escuchamos el primer rugido. Después, un remezón estremecedor nos sacudió, era como si la tierra se estuviera hundiendo. Temblamos pensando en un posible escape de la bestia. Todo guerrero sabe que es mucho más temible una serpiente alada que un dragón. A cierta distancia podrían confundirse, pero a la primera le falta nobleza de espíritu; es una criatura vil y bárbara capaz de devorarte al primer descuido. De nuevo me planté ante el grupo. Aseguré que una huída así era imposible. Pedro nos había hablado de los hierros que la apresaban y de cómo la alimentaban a diario con carbón, llenando con él sus incontables estómagos, para apaciguarla.

La noche caminaba con nosotros cuando alcanzamos la primera torre y vimos, a lo lejos, un resplandor que confirmó el final de nuestra búsqueda. Nos felicitamos aliviados, demasiado eufóricos para darnos cuenta de las dimensiones del descubrimiento. A nuestro lado, la larga cola de los mineros del turno de las ocho avanzaba con prisa. Las líneas de sus rostros traducían en terror señales por ellos conocidas: el cataclismo, el estruendo, la posterior sacudida. Los hombres corrían desesperados hacia la boca-mina. El fuego ascendía violentamente por toda la galería, desde el fondo hasta el tercer nivel, animado por el gas y el polvo del carbón. Corrimos también nosotros, o tal vez sólo yo corrí, hasta colocarme en medio de un bosque de piernas que se derribaban entre sí. Escuché atentamente. Ahí estaba el sonido de los pasos familiares. Se sentían con fuerza, uno tras otro, disfrazados como una serie de detonaciones de metano interrumpidas cada cierto tiempo por lo que parecían maldiciones y gritos de dolor. Apreté los dientes, al recordar la segunda regla del Código del Guerrero-el enemigo natural del dragón es la serpiente alada.

 En el fondo del calabozo, una nube de gases y carbón ascendía, retorciéndose en el cuerpo de la serpiente. Gajos de hombres se prendían de él, tratando de ascender hasta la salida, pero casi todos terminaban clavados en los dientes de hierro. Pedro también estaba ahí, sentado bajo la sombra de carbón pulverizado de mi dragón, que  seguía enroscado en los rieles de transportación. Mi hermano se llevaba las manos a los oídos y no lograba detener la hemorragia que le bañaba la cara. Recuerdo que lo llamé a gritos, con desesperación, acercándome un poco cada vez, hasta que un relámpago me lanzó contra el piso.

Cuando la oscuridad cayó sobre mis ojos y toda la luz descendió a mi pecho, el fuego comenzó a correr calladamente por mis venas. Miré por vez primera la silueta de mi dragón, púrpura y brillante. El calor infinito de la vida me reveló mi destino. Todo había sucedido para arribar a este momento. Yo era el elegido, el rey dragón – cuando puedas mirar al dragón cara a cara, serás el dragón mismo – dicta el precepto supremo. Cerré los ojos dentro de mí y descansé.

Alguno me explicó después que el día lluvioso amansó las llamas. Que hubo luto hasta en las sábanas de los tendederos. Que no desperté en dos días y que tuve quemaduras de primer grado. En vano traté de decirles que lo mío no era piel quemada, sino en plena transmutación a escamas. Recuerdo a mamá llorando y el rostro severo de papá crispado en una mueca de espanto. Marita estuvo conmigo las primeras semanas. Apretaba mis manos vendadas, comprensiva; y en su silencio cómplice encontraba algo de consuelo. De Pedro no se habló nunca más. Luego dejaron de venir, mi hermana la primera, después mi padre. Con los años comencé a olvidar sus rostros, que habitan ahora sólo en los recuerdos que despierta mamá en sus visitas, cada vez más espaciadas.

El tiempo también me ha enseñado sobre la paciencia. Inspecciono cada día mis manos y mi espalda. Creo que las alas no tardarán en crecer y ya siento el nacimiento tímido de las pezuñas. Tanteo mi aliento, cada vez más cálido, mido con un guijarro mi crecimiento en la pared y preparo mi corazón para el vuelo.

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Imagen: Tomada de Web TeleSur, julio 2012: “Siste muertos por explosión dentro de mina de carbón en el sur de México.
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IMAGINARIO DE FAMILIA: NOSOTROS QUE SOMOS POESÍA (encuentro con Lezama Lima)

Gracias Alejandro por el título y la invitación

Llegué a Lezama Lima a través del mundo fantástico y ecléctico de la biblioteca que alimentó mis primeras lecturas. Allí, sin un orden preciso, convivían los libros de mis progenitores en franco libertinaje. No era extraño encontrar en un rincón oscuro un ejemplar del Manual del Caballero Rosacruz, tendido sobre la Imitación de Cristo de Kempis. O ver Los Aforismos de Nietzsche en una pila de apretujados volúmenes, soportados por una compilación de números de El Cojo Ilustrado recostados sin vergüenza de una Reader’s Digest, o a La Madre de Gorki flanqueando el Asesinato en el Expreso de Oriente, de Agatha Christie.

Mi acercamiento inicial a Lezama fue natural. ¿Quién no habría de sentirse inclinado a abrir un libro cuyo autor tiene un apellido que comparte? Y además se tiene la suerte de que el primer texto que llama la atención empieza con una frase inquisidora: “Sólo lo difícil es estimulante; sólo la resistencia que nos reta, es capaz de enarcar, suscitar y mantener nuestra potencia de conocimiento…”[1]. Para completar el cuadro, quien lee está comenzando la adolescencia, entonces no hay otro resultado posible sino el del enamoramiento instantáneo. Lo difícil, como en todo camino que va del enamoramiento al amor, vino después, cuando el reto empezó a amenazar con convertirse en tedio ante la densidad del tramado literario, el enrevesamiento conceptual y, por supuesto, la diferencia de edad, no pocas veces obstáculo para este tipo de relaciones. Sin embargo, en este caso pudo más la simpatía, la terquedad, o ambas quizás, y terminé convirtiendo aquel libro de cinco capítulos en un acompañante que maduró conmigo en los años siguientes y fue mostrándoseme de a poco, en sucesivas lecturas.

La Expresión Americana, nombre de mi libro lezamiano iniciático, es una compilación de cinco conferencias que dictó José Lezama Lima en el Centro de Altos Estudios de La Habana, en enero de 1957. En ellas expone el autor su interpretación personal acerca de los elementos propios de la cultura y de la historia de este continente, a través de un paseo por la cosmogonía precolombina, las crónicas de la conquista, el arte barroco y los  románticos, la vanguardia poética. A lo largo del libro se nos presenta un paisaje en el que cohabitan un conjunto de personajes paradigmáticos, representativos del hombre americano, sin discriminación por idioma u origen. Allí están los héroes del Popol Vuh junto a Sor Juana Inés de la Cruz, Fray Servando Teresa de Mier, el escultor mestizo Aleijandinho al lado de Whitman, Melville, Gershwin, Simón Rodríguez, José Martí y Francisco de Miranda. En medio de ellos, síntesis y arquetipos, deambulan el “rebelde romántico”, catalizador de la independencia de las Américas; el “poeta popular”, creador de la poesía gauchesca o el “señor de los comienzos”, que nos invita a la vuelta hacia lo clásico, a redescubrir el simbolismo de los antiguos mitos griegos.

Por encima de todos los arquetipos aparece el “señor barroco”, constante americana, presente en todas las etapas de la historia, fundamento de la esencia misma del ser que somos cada uno, confluencia de estilos, culturas, épocas, lenguajes, superposición de elementos heterogéneos que impiden la identificación de un atributo único. El barroco “natural”, cuyo origen está a la vista, en el rico paisaje que deslumbró a los conquistadores, signado por la sorpresa, por el cambio intempestivo. El barroco nuestro, mestizo, mezcla de los elementos europeos asimilados y modificados, en franco  sincretismo con lo indígena y lo africano.

Imaginen lo que significó para una muchacha de quince años –edad todavía hoy poco convencional para iniciar la universidad– que tuvo que cambiar una ciudad pequeña de provincia por la capital, con muchas reservas hacia esa “yo” de personalidad desdibujada en medio de cambios hormonales y dudas existenciales, sumida en sus propias críticas sobre el entorno transculturizado y banal que era a sus ojos la universidad, considerada por algunos como “de élite” en la que comenzaba a estudiar, el encuentro con un hombre que decía que no había por qué asustarse si no era posible asirse a una identidad de clara pertenencia. Finalmente, aquí somos todos barrocos, desde nuestro origen. Eso es lo que nos define y más aún, es lo que explica nuestro devenir histórico, que puede ser entendido solamente a partir del reconocimiento de que la identidad cultural se basa en una visión colectiva de la construcción poética de la historia, construida a través de las diversas eras donde la imago se impuso como gestora y organizadora de los hechos.

Lo que Lezama Lima propone en su libro es finalmente, una historiografía ficcional, una historia mítica que puede inventarse y reinventarse, como la cultura toda, porque es finalmente texto, narrativa, tejido de incorporaciones capaces de ser “invencionadas de nuevo” una y otra vez. ¿Puede haber algo más atrevido que postular a nuestra historia como expresión poética? ¿Algo más “innovador” que sugerir la necesidad de reinventar a la luz de hoy nuestros propios mitos para comprender quiénes somos, cuál es nuestra identidad? Pero el autor se atreve a más. Expone también el concepto de “eras imaginarias”, desarrollado a partir de la influencia de Arnold Toynbee, a quien por obra y gracia de mis estudios de Urbanismo leí en más de una ocasión en aquellos años de universidad. Toynbee, en su ensayo “La Historia”, definió veintiún tipos de culturas, cuerpos históricos más amplios que los Estados (me imagino que se refiere a “Estado” en el sentido político), que conformaban sociedades únicas, a su entender, capaces de elegir su propio imaginario. Dado que la imaginación no desaparece, las sociedades no se desintegran por completo y pueden por tanto emerger en otro lugar y otro tiempo. Asimismo, para Lezama, es posible distinguir eras imaginarias en la historia americana, cada una de las cuales no constituye una cultura en sí misma sino un afloramiento dentro de ella, por lo que puede desaparecer en apariencia y volver, años o siglos después, reconfigurando sus rasgos caracterizadores en otras eras. ¡Por eso nuestra historia es cíclica, no lineal!

¿Qué les parece a ustedes, lectores de estas líneas, lo que propone Lezama, a la luz de nuestra historia reciente? ¿En función de la construcción de nuestra cultura, en tiempos en los que tanto se discute acerca de nuestra identidad? A mí me maravilla, me hace temblar, me regala lecturas nuevas sobre la realidad cotidiana. Tal vez a alguno le genere un poco de curiosidad conocer un poco mejor acerca de estos temas, si es así, respiren hondo, porque hay una selva tupida esperando por su visita, pero no se amilanen que vale la pena entrar pese a la neblina, la lluvia, la oscuridad y los rasguños. Ya lo dijo una vez Juan Ramón Jiménez: “con usted, amigo Lezama, tan despierto, tan ávido, tan lleno, se puede seguir hablando de poesía siempre, sin agotamiento ni cansancio, aunque no entendamos a veces su abundante noción, ni su expresión borbotante”[2].

Imagen tomada de la página en Facebook de Letras Raras (revista)


[1] Ver Lezama, «Mitos y cansancio clásico», en La Expresión Americana, Alianza Editorial, Madrid, 1969.

[2] Ver Lezama, «Coloquio con Juan Ramón Jiménez», citado por E. Dobry en Juan Ramón y Lezama, Letras Libres, marzo 2008, http://www.letraslibres.com/index.php?art=12809

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Crisálida

Image

se envuelve en la tibia oscuridad de su capullo

sin luz que lo turbe

con el silencio

en el calderón del compás de espera

su capullo es su piel                hogar palpable

que de pronto se disuelve en la palabra pronunciada

dejándolo desnudo                     amasijo de sangre y polvo

extraña mariposa mutilada

que sin alas vuela.

3Versión (Agosto, 2014)

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