El escondite

Teresa mira de reojo, una vez más, la taza tirada en el piso. Está rota. La taza de cerámica china, o ¿tailandesa? la rompió ella. No miró, nunca mira, pasa corriendo siempre, como una tromba, eso dice la tía y tiene razón. No es como Julita o como Armandito, que son menores pero más compuestos. Por qué los llevaron a vivir con la abuela. Por qué sólo ella se quedó allí. Espanta los pensamientos con un estornudo y trata de concentrarse en una salida. Empuja los ojos lejos de los destrozos y observa alrededor buscando algún resquicio para esconder la falta, mientras piensa en una excusa válida que haga más ligero el previsible castigo. Tal vez si sale al patio y la entierra en los platanales. O la mete en el horno viejo, el que no se abre hace años, porque huele a ratón muerto. Tiene que apurarse, los niños vienen de visita y les encanta armar cuentos a conveniencia; cuentos incompletos como los pedazos que se esmera en contar uno, dos, tres, cuatro, falta ese trozo de asa, dónde está.

De todos modos se darían cuenta. ¿Quién se atrevería a pegar una taza de cerámica china esperando que los demás no lo noten?

Agarra un pedacito y se entristece de pronto. Quizás un chino en algún lugar de China diseñó esa taza y luego otro chino la hizo y quizá no le pagaron bien a ese chino que tiene una familia como la de ella, pobre, pero más pobre; una familia que no puede permitirse tener tazas, ni siquiera chinas. Porque hay en el mundo gente más pobre que ellos, según la abuela, aunque la tía no crea que son pobres. A la tía le gustan sus tazas finas, sus pañuelos de seda y sus lámparas de cristal de bacarat.

Ahora la taza está rota, la favorita, ella la rompió y vuelve a mirar alrededor sin ubicar un túnel de escape. ¡Qué difícil puede resultar esconder una simple taza rota! Tal vez eso pasó con sus padres, rompieron algo tan grande y tan difícil de ocultar que tuvieron que esconderse ellos y la dejaron sola para encargarse de este desorden, para tratar de pegar los pedazos de una familia que es como esa taza para la que no encuentra escondite. Quizás ellos encontraron el túnel. Habrá que comenzar a excavar.

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Acerca de Flor Marina Yánez

Urbanista venezolana (Ciudad Bolívar) especialista en Planificación y Gestión del Transporte y estudios de Epistemología de la Ciencia. Creció en las filas del Sistema de Orquestas de Vzla, cursó estudios formales de música y formó parte desde muy joven de los coros de la Fundación Schola Cantorum de Vzla. Es la coordinadora de programas de la Fundación Aequalis, institución sin fines de lucro dedicada a la promoción de la música como instrumento para el desarrollo humano. Cursa la Especialización en Musicoterapia de la ULA. Ha cursado talleres literarios bajo la guía de Humberto Mata (narrativa; Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, Celarg, 2005), Oscar Marcano (narrativa urbana; Escribas, 2006), Edda Armas (Mirar Poético, 2011), Armando Rojas Guardia (poesía, 2012). Ganadora del concurso internacional Latin Heritage Foundation de cuento breve (2011), Cuentos que Curan de Dr Yaso - infantil (2011), del primer premio de relato hiperbreve de La Librería Mediática (Venezuela, 2009), finalista del concurso Scream, A Cielo Abierto, de relato corto (España, 2009) y del IV Certamen de Literatura Hiperbreve Pompas de Papel (España, 2007). Ha publicado textos en revistas universitarias y en medios digitales. Uno de sus relatos figura en la antología Los ojos de la virgen de cuentos cortos publicada por Latin Heritage Foundation (2011).
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