La Ahijada

Relato finalista en el III Certamen de Poesía y Relato  “SCREAM Cielo Abierto” (OIT, España, 2009) que busca crear conciencia acerca del trabajo infantil.

Carlos tiene examen de Historia la próxima semana. Ha pasado la tarde intentando poner en orden los temas obligatorios. A ratos deja a un lado la libreta y toma de la cama la revista de sudokus. Le encantan las matemáticas. Presume de no ser como Helena, la menor, quien no logra recordar ni la tabla de sumar y eso que ya está en Cuarto de Básica. A él, en cambio, los números que se le niegan son esos que resumen fechas y eventos que se confunden en su mente mezclando lugares y próceres, presidentes y batallas.

Deja de escribir por un instante e intenta imaginar posibles preguntas -¿Qué es la esclavitud?-  responde en voz alta:

-La esclavitud es algo que pasaba en la antigüedad, en la época colonial, a los negros que los conquistadores españoles hicieron traer a América desde África, porque los indígenas eran muy débiles. Tiene que ver con la violación de los derechos humanos, con el trabajo forzado. Eso se acabó en Venezuela con Simón Bolívar.

Waika mira a Carlos con atención. Esos momentos son los que más disfruta en la semana. Cuando la sienta frente a él para que lo escuche hacer una síntesis personal de los libros que estudia en la escuela, o decir de memoria algunos párrafos. Para que asienta con la cabeza y le dé la confianza que le falta, no porque crea que ella pueda entender lo que dice, sino porque es la única que parece escucharlo con interés en esa casa y para Carlos, ese interés es el mejor antídoto contra la angustia.

A veces, mientras hace las tareas diarias de limpieza en las habitaciones de los niños, Waika ha hojeado ese libro y otros que Carlos y Helena suelen dejar tirados en el piso. A ella le gustan los que tienen ilustraciones, porque todavía le cuesta eso de la lectura. Hay tanto que hacer en casa y la madrina está siempre tan ocupada, que no ha sido posible cumplir la promesa hecha a las monjas de inscribirla en la escuela. Es verdad que algunos días, antes de acostarse, se sienta con ella y la hace repetir sílabas en un libro pequeño y estrujado que guarda en la gaveta de su mesa de noche. A Waika no le gusta ese libro. No tiene dibujos a colores y la mayoría de las letras han perdido ya su forma original entre los pliegues desgastados. Sin embargo, se esmera en complacer a la mujer que le da abrigo, ropa y comida, que le permite llevar regalos y provisiones a su familia en navidad, quien incluso accedió a ser su madrina de bautizo.

El señor es otra cosa. Durante los primeros tiempos parecía ignorarla, pero eso ha cambiado desde que cumplió doce, hace un año. Ahora se muestra cada vez más cariñoso. Sobre todo cuando es él quien llega primero del trabajo y los hijos están ocupados en sus habitaciones o en el estudio, absortos ante la computadora o el televisor. Entonces suele pedirle un café o un wiskicito, la sienta en sus piernas y le levanta el cabello soplándole la nuca con suavidad; o le sube el vestido con las manos, palpando sus muslos con menos timidez en cada avance, mientras susurra palabras que ella no alcanza a comprender. Esas manifestaciones de cariño primero la sorprendieron, luego la halagaron y hace poco tiempo han empezado a asustarla. Pero ella es sólo una india, como dicen los amigos de Carlos. ¡Qué sabe ella de la forma en la que se expresa el cariño en una familia de la ciudad! Combate su nerviosismo buscando excusas para terminar algún quehacer retrasado o para salir a recoger las hojas del patio cuando él la llama.

Waika no haría nada para hacer sentir incómodo al señor de la casa, o para molestar a la señora. Por el contrario, comprende que debe ser agradecida e intenta pagar con creces a sus protectores. Se levanta antes de las seis de la mañana y no se acuesta hasta bien entrada la noche. La madrina lo nota y la elogia delante de las visitas.

Es cierto. Ha avanzado mucho. Cuando llegó a la casa tenía ocho años y varias quemaduras en los dedos le enseñaron a graduar adecuadamente la salida de gas en las hornillas. Apenas lograba cocinar y pasar una escoba en todo el día. Ahora se multiplica y sorprende por la cantidad de cosas que resuelve a diario. Prepara el desayuno, limpia la casa, lava la ropa, arregla el jardín, prepara el almuerzo para los niños, la cena de los adultos. A veces cuida al hijo de Rosario, la hermana menor de la señora. Ya sabe planchar y cuando aprenda a leer bien, la dejarán ir sola al supermercado. Duerme en el lavandero porque aún están terminando su cuarto, que estará junto a la cocina. Salvo por la humedad que a veces la hace estornudar, no se queja. Tiene un televisor pequeño, sólo para ella, come lo mismo que la familia, aunque no compartan la mesa; no juega con los niños, pero tampoco tiene tiempo para eso. Las amigas de la señora suelen donarle linda ropa y en su cumpleaños no falta algún vestido nuevo.

-No fue hasta mil ochocientos cincuenta y cuatro que se dictó una ley para abolir la esclavitud, por eso es que en realidad no fue Simón Bolívar. Porque claro, él tenía haciendas y liberó a sus esclavos, pero los demás no lo hicieron-reflexiona Carlos- Entonces en mil ochocientos cincuenta, más o menos, un presidente sí abolió la esclavitud y nunca más en Venezuela ha habido esclavos.

Waika ya no escucha. Piensa que esa silla está muy cómoda, pero se hace tarde y todavía no ha puesto la ropa en la lavadora. Luego debe terminar la cena y aún le faltará sacar la basura. Además, sospecha que hoy  el señor llegará temprano y por esta vez prefiere no estar cerca.

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Acerca de Flor Marina Yánez

Urbanista de profesión, música por crianza.... escribo, irremediablemente.
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